CASTING
El escenario repleto de personas retumba por tantas pisadas. Hay allí actores reconocidos, algunos menos conocidos y otros son puros aventureros de su rostro y de su físico. Abajo, en la platea, dos hombres y una mujer acomodan sobre sus rodillas gruesos blocks de notas y planillas en blanco. Piden silencio los de abajo. Los de arriba callan y se organizan en fila. Comienza el desfile.
Los examinadores se fijan en todo. Comentan. Apuntan.
Mira ese rostro, perfecto. Y la boca algo torcida sirve.
Usted... Sí usted mismo... Póngase a la derecha.
Este no, es lampiño, demasiado joven. Puede retirase, gracias.
El de las orejas grandes. Magnífico. Usted también, por favor, a la derecha.
Ahí viene un buen par de piernas. ¿Eso que se ve desde aquí es una cicatriz? Mándalo a la derecha.
Así escogieron varios. Uno por su nariz. Otro por sus brazos. Aquél por los ojos casi sin párpados. Todos, claro, están de acuerdo en hacer sacrificios para el cine. Figurar en una película de Hollywood bien vale la pena.
Son quince elegidos. Los examinadores piden que se encuentren el martes en la Clínica de Estética que está en Beverly Hills.
30 días después.
La puerta del gabinete se abre a medias y por ella entra uno de los examinadores. Se dirige hacia el corpulento hombre que escribe en el buró: Señor Brannath, ¿quiere echarle un vistazo al modelo que nos pidió? Creo que ya podemos comenzar a filmar su versión de Frankestein.
(c) Vicente Manuel Prieto Rodríguez. 2005
Cuento tomado de la compilación "La punta del Iceberg"


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